Una lágrima esta a punto de caer, resbala poco a poco como aferrándose a una idea, como si la realidad que esta viviendo fuera sólo un sueño, un juego absurdo de un duende que gusta de crear ficciones en la mente de las personas.
La gravedad parece ganar el reto, atrae a la lágrima, quien aun se resiste, destrozándose con la mejilla, dejando más de la mitad de su cuerpo derrochado en la piel.
Avanza a la mitad de la mejilla, en el punto preciso en el que generalmente las lágrimas se lanzan al vacío, pero ella aun tiene fuerzas y no se despega de la piel, aquella curva de la mejilla que ha significado la muerte para muchas de sus hermanas no ha podido con ella.
Esta lágrima tiene algo especial, algo que la retiene en la piel de aquella niña. De pronto se detiene, como sí la gravedad hubiera cesado en su intento por arrancarla de la mejilla y extinguirla en la tela del cuerpo que yace inmóvil en el suelo. En ese instante el primer rayo de sol de aquel día aparece atravesando la ventana y descomponiéndose en la lágrima, desprendiendo figuras que habitaban en su interior, adhiriéndolas a la tela que solía ser blanca y ahora está teñida de un rojo vivo. Las figuras comienzan una actuación sobre la tela: bailan, sonríen, y lloran juntas. Los colores que las forman se confunden entre sí, se mezclan, representan escenas, escenas que desprenden sonrisas a la niña, escenas que sostienen aun más la lagrima a la mejilla.
La niña no sufre más, se encuentra perdida en las escenas reflejadas, como si también actuará en ellas, como si fuera parte del guión, es más, pareciera que ella ha escrito y esta dirigiendo aquel relato.
El sol comienza a evaporar la lágrima, las figuras se desvanecen formando una corona áurea en la cabeza de aquel cuerpo inerte. La corona desparece a la vez que la lágrima termina su transformación y se eleva al cielo, sale por la ventana y desaparece en el viento, se conjuga con las demás partículas hasta llegar a ese azul claro, un azul que contrasta con lo rojo de la escena.
Unos pasos se empiezan a escuchar claro, las escaleras suenan con cada pisada, los pasos retumban en el silencio reinante, se oyen como quejidos, como si las escaleras quisieran advertir al dueño de los pasos sobre la imagen que esta a punto de observar. Una mano llega a la puerta, dos vueltas y la puerta se abre, las bisagras algo oxidadas chillan más con aquella ausencia de sonido.
Los pasos ya se escuchan dentro de la casa, cada vez más claros y fuertes, avanzan a la par del tic-tac del reloj. Tic, tac, tic, tac, el reloj marca las 7, una alarma se enciende mientras que el cuerpo que avanzaba entra al cuarto, lo ojos ya contemplan aquella imagen, la confusión es enorme, el cuerpo queda plasmado. Cuando el cerebro no esta preparado para lo que los sentidos le transmiten, entra en shock, las neuronas no saben como manejar la información, la sinapsis falla: en ocasiones se llora, en otras se grita, y en algunas más simplemente el cuerpo no responde, como si la conciencia escapara, como si sólo quedará un cuerpo vacío mientras la razón rechaza la realidad.
Después de quince, veinte o treinta minutos (eso en realidad no importa, el tiempo pierde sentido, se esfuma con la razón) el cuerpo empieza a reaccionar, poco a poco se acerca a las dos criaturas inmóviles. La niña voltea a verlo. Se acercan paulatinamente, las caras se acercan, los ojos se miran, se pierden en una sola mirada, las palabras no llegan, nadie las extraña, en realidad nadie extraña a las cosas que no se necesitan y nada era más inútil que pronunciar algo en esos momentos.
El encuentro se ha dado, los tres puntos cierran el triángulo por última vez, las miradas siguen unidas fijamente, todo se sabe en ese momento, los ojos no mienten, menos si en ese momento se han convertido en uno sólo, si comparten las ideas y los sentimientos.
El señor levanta a la niña y ahora las miradas se dirigen al cadáver, tan hermoso, pareciera como si la vida no se le hubiera ido, como si estuviera esperando este encuentro para dejar el plano. El señor se acerca hasta que sus labios tocan los labios que yacen ahí, un beso, tal vez dos. Una lágrima se desliza por su mejilla hasta tocar la nariz de aquella. El último contacto, la última vez que sus pieles se tocan, tantas veces estuvieron juntas y ahora se dicen adiós.
Una sonrisa aparece, otra la acompaña y otra espera volver a unírseles. No hay adiós, esa palabra nunca llega siquiera a ser pensada por los ahí presentes. No hay gritos, no hay reclamos para algo que es inevitable, tarde o temprano, pero siempre llega. Los “no te la lleves”, “¿Qué haremos sin ella?”, no aparecen, el egoísmo se hace a un lado. El dolor es dulce, se disfruta, ese silencio que acompaña a su “hasta luego”, es el marco perfecto.
El cuerpo comienza a hincharse, por fin el tiempo empieza a hacer acto presencia, el rostro ya no es el mismo, ya no esta, ya se fue.
El señor carga a la niña, se acercan a unos aparatos que estaban en la cabecera, del tipo: “No te vas a morir”. Aparatos necios que no dejaban a la vida seguir su camino, llegar a donde se tenía que llegar. Aparatos que por alguna razón ellos mismo pidieron conectar, pero que ahora odiaban. Cada “tit” que pronunciaban, eran clavos, flagelaciones a un cuerpo ya muy herido, disminuido en altura, insuficiente para quien lo habitaba.
Los cables caen como las cadenas de un esclavo, se resbalan por las sábanas, ya no cumplían su cometido, el prisionero ya había sido liberado. Los dos se alejan, mientras el objeto liberador teñido de marrón cae de las manos de la niña, como un héroe que tiñe su ropa con tal de liberar a su gente.
El señor y la niña salen de la casa. Se detienen a unos metros y observan como unas llamas empiezan a devorarla. El sepulcro esta en proceso, en el se van también los recuerdos, esos recuerdos que muchas veces son ataduras que impiden seguir adelante. Ahora sólo tienen lo que su memoria permita retener, eso no se puede sepultar. Esas imágenes estarán ahí, guardadas, hasta el día en que se de la reunión y sean usadas para reconocer a esa persona, después desaparecerán.
F.J. Aguilar