jueves, 9 de septiembre de 2010

Despedida

Cielo oscuro, tierra dura
gotas caen pero no es lluvia
escucho gritos y algún reclamo
y allá afuera la mujer que amo.

Dejé amigos, dejé amantes
ahora convivo con tierra y gusanos
mientras mis amigos y mis contrincantes
me extrañaran más que a sus propios hermanos.

Entre ustedes nadie me conoció
jamás permití que eso pasara
ni aquella persona que tanto lloró
supo en verdad a quien le lloraba

Alguna silueta, un ángel caído
vendrá por mi para llevarme al olvido
ya no me lloren, ya no me llamen
y vayan con quien en realidad amen.

Seres humanos, amigos mortales
los abandono con su planeta lleno de males
¡Lo sé! tal vez soy cobarde
y me voy, mientras a ustedes la cabeza les arde.

Una bola de fuego, un estruendo espantoso
cimbran la tierra e iluminan el cielo
mientraa a ustedes, en pleno ocaso
los cubre un mar de llanto y un oscuro velo.

Al final de este día, yo me despido
descansare al fin de este suplicio.
Guerra, muerte, hambre y tristeza
me alejo de ustedes y no me interesa.


F.J. Aguilar

Creo que a veces si soy medio emo

domingo, 5 de septiembre de 2010

La Comunidad

Estaba Don Jacinto sentado viendo las cuatro paredes blancas a su alrededor, se levantó y fue absorbido hacia un mundo desconocido, aquí se encontró con diversos animales, cada uno de los cuales tenía una extraña particularidad: estaban mezclados entre ellos. Así cabalgó sobre un caballo con cabeza de león, nado junto a unos delfines con cola de serpiente, y voló con unas águilas con trompa de elefante. A pesar de la monstruosa apariencia de estos seres Don Jacinto parecía muy cómodo con su compañía, reía y se divertía como hace años no lo hacía. Pero su apariencia no era lo único interesante de estas criaturas, también poseían un lenguaje único para ellos, a base de ruidos nasales. Sin saber como, Don Jacinto aprendió ese lenguaje en unos pocos minutos, y dialogaba con ellos como si el mismo fuera parte de esa Comunidad de fenómenos. El Cabaleón le platicaba lo difícil que era acercarse a los demás caballos, porque estos le huían temiendo que los fuera a devorar, y mucho menos podría acercarse a los leones, ya que estos sólo lo veían como el desayuno del día. El Delfipiente, no corría mejor suerte, ya que era la burla de los delfines debido a su flaca estructura, y tampoco podía interactuar con las otras serpientes debido a que su naturaleza no iba acorde al medio de estas. Pero peor suerte tenía la Elefanguila, ya que debido a la forma de su hocico no podía cazar y volaba demasiado lento como para perseguir liebres, por lo cual se veía obligada a comer pequeños insectos y lombrices, dieta que le ha llevado a no tener la misma fuerza que otras águilas o elefantes.
De este modo cada criatura tenía su propia historia, y ninguna más alentadora que la otra. Por lo que un día el Tigrope (que era un tigre blanco con cabeza de antílope), cansado de las constantes burlas y prejuicios, buscó a todos estos seres avergonzados de su apariencia y los llevó a un mundo alejado de los demás animales “normales”. Al fin de cuentas ellos no tenían la culpa de su estado y merecían una vida libre sin esconderse de nadie. Con el tiempo esta Comunidad fue creciendo, y recibía a nuevos monstruos: era tal su fama que ya no tenían que buscarlos, eran los mismos animales los que llegaban a este lugar. Todos aprendieron el nuevo idioma y gozaban de una buena estructura social, siempre dirigidos por el gran Tigrope. Por alguna extraña razón Don Jacinto había llegado a este lugar, donde se sentía como en casa, algo que ya casi se le había olvidado. Llegó la noche y todos se fueron a dormir, cansados del ajetreo de ese día. Al despertar, Don Jacinto se encontraba de nuevo en su cuarto blanco, apareció una luz y un señor de bata blanca lo levantó. –Es hora de tomar un poco de aire Don Jacinto –le dijo –acompáñeme. El accedió y se reunió con su propia asociación de extraños seres humanos, muy parecida a la Comunidad, pero en la que no se sentía en casa. Por ese motivo, por las noches vuelve a la Comunidad y cada vez el tiempo que permanece ahí es mayor, esperando que algún día no sea sólo un visitante y se vuelva parte de ella, así como ella ya es parte de él.

F.J. Aguilar

sábado, 24 de julio de 2010

No queda más

No queda más que despertarnos atemorizados después de que den las 10, al saber que es la hora de desprendernos y no tener certidumbre del después.
No queda más que respirar por cada poro de tu ser, e imantar tu olor a mi piel, ávida de esencia, esencia tuya, de mujer.
No queda más que volver a abrir el alma que intenta escapar en un suspiro, y que al besar tus labios un sentimiento la llame e intente penetrarla.
No queda más que contemplarte y admirarte, que buscar en tu sonrisa el camino y en tus ojos el destino (como nos gusta usar esa palabra, con que facilidad la desprendemos de los labios sobre las migajas y el pan).
No queda más que una cita a ciegas, un conocerte constantemente, una explosión que brote desde el interior, donde sólo nosotros podemos ver, pero que a veces nos negamos.
Se que no queda más que atesorar cada instante, guardarlo como amante celoso, y acariciarlo cuando esté solo.
Y al final, tal vez no quedará más que una café a las 5, una canción con dedicatoria, y una lágrima buscando tu brazo.
Sin embargo, si no estuvieras, no quedaría más que un ser inerte y sin sentido, que un prófugo de sí mismo, que un renegado de vida, que un caballero sin camino.

lunes, 19 de julio de 2010

Mortal

Después de un tiempo solo fuimos cenizas que el viento esparció hacia polos diferentes, al final del día el crepúsculo sólo significó que la oscuridad nos alcanzaba.
Cuando callamos lo que nuestras miradas expresaban, solo fuimos capaces de huir de nosotros mismos, corrimos espantados por un sonido que no conocíamos.
Soslayamos nuestra vida a través de una mirada y un beso, ya atrapados en aquel sentimiento recordamos injurias pasadas que nos hicieron regresar a nuestro origen.
Extraño es aquel sentimiento que uno desea sentir pero que a la vez se le teme más que incluso la muerte, porque en un punto en este devenir de los días sabemos que al llegar aquello, solo moriremos dentro de los huesos y solo habrá un aire que al final podemos respirar.
Nos espantamos por ideas vanas, por no querer repetir lo que en el pasado nos mató, y que sin embargo gracias a eso seguimos vivos.

jueves, 22 de abril de 2010

Cuarto Para la Nada

Te dije: amor, a la hora no indicada,

cuando el reloj marcaba cuarto para la nada.

Bebimos café en la taza ajena,

donde no se encontraban nuestros sueños, ni aquel beso bajo la luna llena.

Caminamos en el parque sin nuestra sombra a un lado,

sin la mano que cuidaba nuestros pasos, sin el Sol que nos juntaba en el ocaso.

Te dije: amor, a la hora no indicada,

Cuando el reloj marcaba cuarto para la nada.

¡Cuídate! ya es tarde, el crepúsculo ha terminado,

Marca cuando llegues, aunque no esté yo del otro lado.

F.J. Aguilar

lunes, 11 de enero de 2010

Ave Fénix

Trémulo devenir de ideas, de vidas y muertes dentro de un ser incompleto. Se han cansado mis manos, mis pies no soportan más este peso. ¿Y si mejor me atravieso a la primera bala que vea? ¿Y si desobedezco los colores rojo y verde que controlan los cruces de las calles? ¿O sí tomo algunas de esas píldoras que producen sueños eternos?
¡Oh! ¡Que fácil sería acabar entonces con esto! Dibujarme una puerta en el lugar de la pared. Sin embargo, en realidad, ¿Qué sentido tendría? Una muerte así de fácil podría resultar muy vacía.
Debo aspirar a una muerte más honorable, más profunda, más trascendental. Matar el físico es una tarea sencilla, el cuerpo humano es tan vulnerable, con cualquier cosa me podría deshacer de él. Pero esa no es la idea, personas como yo no nos conformamos con soluciones tan simples y mundanas.
En realidad debo matar a mí ser interior, la persona que en realidad soy en estos momentos, debo terminarlo de destrozar hasta que queden sólo cenizas, hasta que aquellos amores, temores, dolores, frustraciones queden hechas humo y desaparezcan hacia otro universo.
Debo matarme, quemarme, en fin, desaparecer de está figura carnal. Buscar una transmutación completa. Quiero desgarrar mi espíritu, que salga todo lo que alguna vez fui. Necesito destrozarme, mutilarme, aniquilarme. Sin embargo es más difícil, no existe bala que alcance a herir el alma, no existe fuego que pueda hacer arder todo mi ser, no es posible encontrar un precipicio con un corte tan profundo como para asegurar mi total destrucción.
La muerte interna es mucho más dolorosa que la externa, el espíritu es mucho más sensible que la piel. Sin embargo, deseo esta muerte y la buscaré, dolerá, sufriré, empero, renovaré mi ser y renaceré.

viernes, 14 de agosto de 2009

Estamos muertos

Somos ciegos, caminamos entre caminos oscuros,
las caras no se ven, las imágenes colapsan.
Las manos sirven de guía buscando el jardín mágico.
Los oídos ensordecidos por tanto grito.
Desorientados deambulamos, sin sentido, buscando una razón
Seguimos en el camino aunque estemos muertos,
aunque aquella mano que se extiende hacia ti esté muerta.
El hálito podrido que se expulsa de las bocas no huele tan mal
cuando nuestro olfato esta deteriorado, al igual que el resto de nosotros.
Digerimos todo, hasta las heces que algunos echan al andar las digerimos.
No probamos nada, no podemos, el gusto no sirve ya.
Estamos muertos, seguiremos muertos, hasta que los gusanos nos devoren
hasta vernos como una masa de carne podrida, restos de humanidad destruida.

Sin embargo...

Sólo, en tristeza, en alegría, con rostros conocidos pero aun sólo
Corriendo el laberinto, son salidas falsas, con respuestas erróneas
¿Qué le dije? No lo recuerdo
¿En qué momento la perdí?
Bastaron unos segundos, para perder lo que posiblemente venía buscando
no lo sé, mi vida es aún corta y mis muertes son muy pocas.
Muerto otra vez a unos días de mí renacer
ahora lucho por conseguir otra vida, que me lleve a otra muerte
espero más placentera, con menos lágrimas y más risas.
Aquí estoy, como el ratón Kafkiano, quien por no caer en la trampa
terminó en las fauces del gato.
La trampa, miedo a quedar atrapados, algo de lo que siempre huimos
aunque al final terminemos digeridos por nuestra inseguridad.
Humanos, siempre humanos, demasiado humanos.
Caemos una y otra vez en los mismos baches, a pesar de que conozcamos el camino
A pesar de que ese camino ya lo hayamos recorrido, con otras gentes, en otras vidas
pero siempre el mismo.
Sigo sufriendo, mis lágrimas son generadas por el mismo dolor, provocado por alguien distinto.
Trato de razonar mis sentimientos, encontrar por que siento lo que siento, pero es inútil,
son cosas que no se piensan, solo se sienten.
No quiero, no puedo quererla, sin embargo…



F.J. Aguilar

Una lágrima

Una lágrima esta a punto de caer, resbala poco a poco como aferrándose a una idea, como si la realidad que esta viviendo fuera sólo un sueño, un juego absurdo de un duende que gusta de crear ficciones en la mente de las personas.
La gravedad parece ganar el reto, atrae a la lágrima, quien aun se resiste, destrozándose con la mejilla, dejando más de la mitad de su cuerpo derrochado en la piel.

Avanza a la mitad de la mejilla, en el punto preciso en el que generalmente las lágrimas se lanzan al vacío, pero ella aun tiene fuerzas y no se despega de la piel, aquella curva de la mejilla que ha significado la muerte para muchas de sus hermanas no ha podido con ella.

Esta lágrima tiene algo especial, algo que la retiene en la piel de aquella niña. De pronto se detiene, como sí la gravedad hubiera cesado en su intento por arrancarla de la mejilla y extinguirla en la tela del cuerpo que yace inmóvil en el suelo. En ese instante el primer rayo de sol de aquel día aparece atravesando la ventana y descomponiéndose en la lágrima, desprendiendo figuras que habitaban en su interior, adhiriéndolas a la tela que solía ser blanca y ahora está teñida de un rojo vivo. Las figuras comienzan una actuación sobre la tela: bailan, sonríen, y lloran juntas. Los colores que las forman se confunden entre sí, se mezclan, representan escenas, escenas que desprenden sonrisas a la niña, escenas que sostienen aun más la lagrima a la mejilla.

La niña no sufre más, se encuentra perdida en las escenas reflejadas, como si también actuará en ellas, como si fuera parte del guión, es más, pareciera que ella ha escrito y esta dirigiendo aquel relato.

El sol comienza a evaporar la lágrima, las figuras se desvanecen formando una corona áurea en la cabeza de aquel cuerpo inerte. La corona desparece a la vez que la lágrima termina su transformación y se eleva al cielo, sale por la ventana y desaparece en el viento, se conjuga con las demás partículas hasta llegar a ese azul claro, un azul que contrasta con lo rojo de la escena.

Unos pasos se empiezan a escuchar claro, las escaleras suenan con cada pisada, los pasos retumban en el silencio reinante, se oyen como quejidos, como si las escaleras quisieran advertir al dueño de los pasos sobre la imagen que esta a punto de observar. Una mano llega a la puerta, dos vueltas y la puerta se abre, las bisagras algo oxidadas chillan más con aquella ausencia de sonido.

Los pasos ya se escuchan dentro de la casa, cada vez más claros y fuertes, avanzan a la par del tic-tac del reloj. Tic, tac, tic, tac, el reloj marca las 7, una alarma se enciende mientras que el cuerpo que avanzaba entra al cuarto, lo ojos ya contemplan aquella imagen, la confusión es enorme, el cuerpo queda plasmado. Cuando el cerebro no esta preparado para lo que los sentidos le transmiten, entra en shock, las neuronas no saben como manejar la información, la sinapsis falla: en ocasiones se llora, en otras se grita, y en algunas más simplemente el cuerpo no responde, como si la conciencia escapara, como si sólo quedará un cuerpo vacío mientras la razón rechaza la realidad.

Después de quince, veinte o treinta minutos (eso en realidad no importa, el tiempo pierde sentido, se esfuma con la razón) el cuerpo empieza a reaccionar, poco a poco se acerca a las dos criaturas inmóviles. La niña voltea a verlo. Se acercan paulatinamente, las caras se acercan, los ojos se miran, se pierden en una sola mirada, las palabras no llegan, nadie las extraña, en realidad nadie extraña a las cosas que no se necesitan y nada era más inútil que pronunciar algo en esos momentos.
El encuentro se ha dado, los tres puntos cierran el triángulo por última vez, las miradas siguen unidas fijamente, todo se sabe en ese momento, los ojos no mienten, menos si en ese momento se han convertido en uno sólo, si comparten las ideas y los sentimientos.

El señor levanta a la niña y ahora las miradas se dirigen al cadáver, tan hermoso, pareciera como si la vida no se le hubiera ido, como si estuviera esperando este encuentro para dejar el plano. El señor se acerca hasta que sus labios tocan los labios que yacen ahí, un beso, tal vez dos. Una lágrima se desliza por su mejilla hasta tocar la nariz de aquella. El último contacto, la última vez que sus pieles se tocan, tantas veces estuvieron juntas y ahora se dicen adiós.
Una sonrisa aparece, otra la acompaña y otra espera volver a unírseles. No hay adiós, esa palabra nunca llega siquiera a ser pensada por los ahí presentes. No hay gritos, no hay reclamos para algo que es inevitable, tarde o temprano, pero siempre llega. Los “no te la lleves”, “¿Qué haremos sin ella?”, no aparecen, el egoísmo se hace a un lado. El dolor es dulce, se disfruta, ese silencio que acompaña a su “hasta luego”, es el marco perfecto.

El cuerpo comienza a hincharse, por fin el tiempo empieza a hacer acto presencia, el rostro ya no es el mismo, ya no esta, ya se fue.

El señor carga a la niña, se acercan a unos aparatos que estaban en la cabecera, del tipo: “No te vas a morir”. Aparatos necios que no dejaban a la vida seguir su camino, llegar a donde se tenía que llegar. Aparatos que por alguna razón ellos mismo pidieron conectar, pero que ahora odiaban. Cada “tit” que pronunciaban, eran clavos, flagelaciones a un cuerpo ya muy herido, disminuido en altura, insuficiente para quien lo habitaba.

Los cables caen como las cadenas de un esclavo, se resbalan por las sábanas, ya no cumplían su cometido, el prisionero ya había sido liberado. Los dos se alejan, mientras el objeto liberador teñido de marrón cae de las manos de la niña, como un héroe que tiñe su ropa con tal de liberar a su gente.

El señor y la niña salen de la casa. Se detienen a unos metros y observan como unas llamas empiezan a devorarla. El sepulcro esta en proceso, en el se van también los recuerdos, esos recuerdos que muchas veces son ataduras que impiden seguir adelante. Ahora sólo tienen lo que su memoria permita retener, eso no se puede sepultar. Esas imágenes estarán ahí, guardadas, hasta el día en que se de la reunión y sean usadas para reconocer a esa persona, después desaparecerán.

F.J. Aguilar

Caballo azul

Un caballo azul galopa en el horizonte, la brisa a su favor y las estrellas iluminan su paso veloz. Se detiene y bebe un poco de agua, sediento de tanto correr. Al terminar de beber continúa su trote un poco más relajado. Al poco tiempo se pierde su forma y sólo se observa una silueta azul metiéndose en la noche, se aleja y se matiza de diferentes colores para que la gente no sepa a donde va. Al llegar el día regresa con una piedra en el hocico, la deja dentro de un lago y vuelve a emprender su partida hacia al manto nocturno. La piedra que dejó se conjuga con el agua y comienza a proyectar algunas letras inteligibles solo por un momento. La piedra se hunde y lleva consigo su mensaje universal, al que solo los más libres pudieron acceder.

Con el tiempo el caballo se fatiga cada vez más y sus apariciones se vuelven escasas, su fuerza es menor, lo que provoca que las piedras que carga consigo sean mucho más pequeñas. El mensaje no se ha extendido lo suficiente y el caballo pronto no podrá hacer su recorrido. ¡Adiós caballo azul!, te extrañaré ¡adiós mi fiel corcel!, llorare.