domingo, 5 de septiembre de 2010

La Comunidad

Estaba Don Jacinto sentado viendo las cuatro paredes blancas a su alrededor, se levantó y fue absorbido hacia un mundo desconocido, aquí se encontró con diversos animales, cada uno de los cuales tenía una extraña particularidad: estaban mezclados entre ellos. Así cabalgó sobre un caballo con cabeza de león, nado junto a unos delfines con cola de serpiente, y voló con unas águilas con trompa de elefante. A pesar de la monstruosa apariencia de estos seres Don Jacinto parecía muy cómodo con su compañía, reía y se divertía como hace años no lo hacía. Pero su apariencia no era lo único interesante de estas criaturas, también poseían un lenguaje único para ellos, a base de ruidos nasales. Sin saber como, Don Jacinto aprendió ese lenguaje en unos pocos minutos, y dialogaba con ellos como si el mismo fuera parte de esa Comunidad de fenómenos. El Cabaleón le platicaba lo difícil que era acercarse a los demás caballos, porque estos le huían temiendo que los fuera a devorar, y mucho menos podría acercarse a los leones, ya que estos sólo lo veían como el desayuno del día. El Delfipiente, no corría mejor suerte, ya que era la burla de los delfines debido a su flaca estructura, y tampoco podía interactuar con las otras serpientes debido a que su naturaleza no iba acorde al medio de estas. Pero peor suerte tenía la Elefanguila, ya que debido a la forma de su hocico no podía cazar y volaba demasiado lento como para perseguir liebres, por lo cual se veía obligada a comer pequeños insectos y lombrices, dieta que le ha llevado a no tener la misma fuerza que otras águilas o elefantes.
De este modo cada criatura tenía su propia historia, y ninguna más alentadora que la otra. Por lo que un día el Tigrope (que era un tigre blanco con cabeza de antílope), cansado de las constantes burlas y prejuicios, buscó a todos estos seres avergonzados de su apariencia y los llevó a un mundo alejado de los demás animales “normales”. Al fin de cuentas ellos no tenían la culpa de su estado y merecían una vida libre sin esconderse de nadie. Con el tiempo esta Comunidad fue creciendo, y recibía a nuevos monstruos: era tal su fama que ya no tenían que buscarlos, eran los mismos animales los que llegaban a este lugar. Todos aprendieron el nuevo idioma y gozaban de una buena estructura social, siempre dirigidos por el gran Tigrope. Por alguna extraña razón Don Jacinto había llegado a este lugar, donde se sentía como en casa, algo que ya casi se le había olvidado. Llegó la noche y todos se fueron a dormir, cansados del ajetreo de ese día. Al despertar, Don Jacinto se encontraba de nuevo en su cuarto blanco, apareció una luz y un señor de bata blanca lo levantó. –Es hora de tomar un poco de aire Don Jacinto –le dijo –acompáñeme. El accedió y se reunió con su propia asociación de extraños seres humanos, muy parecida a la Comunidad, pero en la que no se sentía en casa. Por ese motivo, por las noches vuelve a la Comunidad y cada vez el tiempo que permanece ahí es mayor, esperando que algún día no sea sólo un visitante y se vuelva parte de ella, así como ella ya es parte de él.

F.J. Aguilar

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