lunes, 20 de septiembre de 2010

Ritual

No hay nada mejor que un ritual entre dos seres que se aman. Esto es para ti amor.

Una luz brilla en medio de la noche taciturna. Trémulos labios buscándose en la oscuridad, guiándose por aquella luz producto de la Diosa nocturna, se aman, se juntan como si formaran uno, arrancándose la piel despacio y sin dolor y si acaso duele, el dolor se disfruta como el agua en días de calor.
Los cuerpos se entrelazan, las extremedidades semejan serpientes intentando asfixiar el propio cuerpo, el aire se escapa, una sombra se dibuja en la pared, la figura es única, se vislumbra un paraíso, la Diosa ha llegado a su Templo: Artemisa arribando a Éfeso.
La noche transcurre al tiempo que los segundos los funden cada vez más, unos minutos han pasado, tal vez sean horas, eso carece de importancia, en ese momento simplemente el tiempo no existe, la eternidad no se guía por lo que las manecillas señalen.
De pronto la mirada busca el rostro amado, lo ilumina, los labios y los cuerpos han vuelto a la dualidad de la cual provienen: el Ying y el Yang, Apolo y Artemisa, Mar y Cielo, en algún punto convergen, sin perder la esencia propia de su ser.
Una lucha de miradas se aproxima, el corazón busca la salida a lo que lleva dentro, las palabras salen de los labios, no importan las letras que contengan, el léxico sale sobrando, lo que realmente importa es lo que se escucha detrás del sonido que emiten, algo que solo ese par entiende: La otra cara de la Luna se descubre.
El sueño toca la puerta, los amantes descansan, cada uno viaja dentro de sí hasta donde los sueños lo lleven, esperando que el lugar elegido por el capricho subconsciente sea la Tierra dónde la persona amada espera ansiosa otro encuentro.
Sólo ellos saben el significado de este arte, ellos lo han inventado, el ritual creado no tiene un fin, solo es el medio por el que se transportan las sensaciones y los sentimientos, donde solo ellos coexisten, donde lo mundano desaparece.
Dicen los que saben: Cuando la Luna sonríe con todo su esplendor, una pequeña alma escapa de entre sus dientes, buscando en la noche algún Templo habitado por la Diosa elegida, y cuando lo encuentra, el ritual se cristaliza: el Uno ha sido creado de los Dos seres amando.

jueves, 16 de septiembre de 2010

La noche vacía

Una cama sin buenos días,
la luz se enciende sin la mano amada
Solo un: tal vez mañana.
El cigarro se prende
La luz ilumina el cuarto; la regadera caliente
Los pasos se encuentran entre el baño y la cama.
No dicen nada
Tal vez no se reconocen,
apenas se encontraron esa misma noche

Suena el teléfono móvil, la llamada buscando su cuerpo
Una voz dice: Hola mi amor, llego luego.
La regadera se cierra. Sale goteando el cuerpo que anhela
—Son quinientos de la cena, lo demás llega a su cuenta.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Despedida

Cielo oscuro, tierra dura
gotas caen pero no es lluvia
escucho gritos y algún reclamo
y allá afuera la mujer que amo.

Dejé amigos, dejé amantes
ahora convivo con tierra y gusanos
mientras mis amigos y mis contrincantes
me extrañaran más que a sus propios hermanos.

Entre ustedes nadie me conoció
jamás permití que eso pasara
ni aquella persona que tanto lloró
supo en verdad a quien le lloraba

Alguna silueta, un ángel caído
vendrá por mi para llevarme al olvido
ya no me lloren, ya no me llamen
y vayan con quien en realidad amen.

Seres humanos, amigos mortales
los abandono con su planeta lleno de males
¡Lo sé! tal vez soy cobarde
y me voy, mientras a ustedes la cabeza les arde.

Una bola de fuego, un estruendo espantoso
cimbran la tierra e iluminan el cielo
mientraa a ustedes, en pleno ocaso
los cubre un mar de llanto y un oscuro velo.

Al final de este día, yo me despido
descansare al fin de este suplicio.
Guerra, muerte, hambre y tristeza
me alejo de ustedes y no me interesa.


F.J. Aguilar

Creo que a veces si soy medio emo

domingo, 5 de septiembre de 2010

La Comunidad

Estaba Don Jacinto sentado viendo las cuatro paredes blancas a su alrededor, se levantó y fue absorbido hacia un mundo desconocido, aquí se encontró con diversos animales, cada uno de los cuales tenía una extraña particularidad: estaban mezclados entre ellos. Así cabalgó sobre un caballo con cabeza de león, nado junto a unos delfines con cola de serpiente, y voló con unas águilas con trompa de elefante. A pesar de la monstruosa apariencia de estos seres Don Jacinto parecía muy cómodo con su compañía, reía y se divertía como hace años no lo hacía. Pero su apariencia no era lo único interesante de estas criaturas, también poseían un lenguaje único para ellos, a base de ruidos nasales. Sin saber como, Don Jacinto aprendió ese lenguaje en unos pocos minutos, y dialogaba con ellos como si el mismo fuera parte de esa Comunidad de fenómenos. El Cabaleón le platicaba lo difícil que era acercarse a los demás caballos, porque estos le huían temiendo que los fuera a devorar, y mucho menos podría acercarse a los leones, ya que estos sólo lo veían como el desayuno del día. El Delfipiente, no corría mejor suerte, ya que era la burla de los delfines debido a su flaca estructura, y tampoco podía interactuar con las otras serpientes debido a que su naturaleza no iba acorde al medio de estas. Pero peor suerte tenía la Elefanguila, ya que debido a la forma de su hocico no podía cazar y volaba demasiado lento como para perseguir liebres, por lo cual se veía obligada a comer pequeños insectos y lombrices, dieta que le ha llevado a no tener la misma fuerza que otras águilas o elefantes.
De este modo cada criatura tenía su propia historia, y ninguna más alentadora que la otra. Por lo que un día el Tigrope (que era un tigre blanco con cabeza de antílope), cansado de las constantes burlas y prejuicios, buscó a todos estos seres avergonzados de su apariencia y los llevó a un mundo alejado de los demás animales “normales”. Al fin de cuentas ellos no tenían la culpa de su estado y merecían una vida libre sin esconderse de nadie. Con el tiempo esta Comunidad fue creciendo, y recibía a nuevos monstruos: era tal su fama que ya no tenían que buscarlos, eran los mismos animales los que llegaban a este lugar. Todos aprendieron el nuevo idioma y gozaban de una buena estructura social, siempre dirigidos por el gran Tigrope. Por alguna extraña razón Don Jacinto había llegado a este lugar, donde se sentía como en casa, algo que ya casi se le había olvidado. Llegó la noche y todos se fueron a dormir, cansados del ajetreo de ese día. Al despertar, Don Jacinto se encontraba de nuevo en su cuarto blanco, apareció una luz y un señor de bata blanca lo levantó. –Es hora de tomar un poco de aire Don Jacinto –le dijo –acompáñeme. El accedió y se reunió con su propia asociación de extraños seres humanos, muy parecida a la Comunidad, pero en la que no se sentía en casa. Por ese motivo, por las noches vuelve a la Comunidad y cada vez el tiempo que permanece ahí es mayor, esperando que algún día no sea sólo un visitante y se vuelva parte de ella, así como ella ya es parte de él.

F.J. Aguilar